El fútbol de la simpleza, y sus complicaciones

Un buen equipo de fútbol muestra, entre otras cosas, la simpleza de su juego. La simpleza para resolver las distintas situaciones de cada partido, con la pelota o sin ella.
Es el criterio aplicado a la toma de decisiones lo que se pone de manifiesto.
El nivel de elaboración de este aspecto, ejecutado a una altísima intensidad.
Sin dudas, lo más difícil de lograr.

Cuántas complicaciones le transfieren al fútbol o a la acción misma de jugar, la absoluta mayoría de los equipos y jugadores de este planeta, tanto en el nivel amateur como en el súper profesional.

El pensamiento aplicado a la totalidad de las acciones que se planifican y desarrollan en un entrenamiento o en un partido, debe estar a disposición de la simpleza. Porque este concepto es, desde mi punto de vista, lo que permite lograr el objetivo grupal mediante la suma de intervenciones individuales, una mayor distribución del esfuerzo, y en una secuencia de tiempo menor.
Una cosa es querer llegar al gol exclusivamente mediante la acción individual, y otra muy distinta es hacerlo mediante la acción grupal, lo cual hace posible la ampliación del límite individual.

Si bien la simpleza es un concepto que no se manifiesta sino a través de la búsqueda deliberada de acciones de juego que privilegien este rasgo, lo cual definirá luego un estilo, también es cierto que ésta es una virtud que pocos, muy pocos jugadores y equipos pueden poner en práctica.
Y cuánta belleza aparece cuando esta virtud se manifiesta. Sin dudas.

Digamos que la enorme cantidad de situaciones que tiene un partido se resuelven en fracciones de tiempo, y que esta característica tiene una decisiva participación en el resultado final de un partido: un momento más con la pelota en los pies y perdimos la posibilidad de convertir, porque ese momento, es el que les dio a los defensores la posibilidad de recuperar su posición. Un momento más con la pelota en los pies y perdimos la posesión. Y alguna de estas veces, nos convirtieron.
Aunque el ejemplo es bien elemental, así es como empiezan las complicaciones.

Bueno… ¿y por qué no es posible jugar con mayor simpleza?
Seguramente porque el modo de jugar al fútbol, es la consecuencia de éstas y aquellas complicaciones propias de la historia de cada uno.
Complicaciones que no solo se heredan, lo cual ya es un lastre, sino que además se reproducen una y otra vez.

Las dificultades o problemas que tiene un equipo se parecen a ciertas enfermedades: no se dejan ver tan fácilmente como alguien podría suponer.
Los orígenes e intencionalidades de todas ellas son múltiples.

Los indicadores del fracaso de un equipo, a veces están relacionados con el aspecto táctico, a veces con la preparación física o la falta de virtuosidad técnica o creativa, a veces con la motivación general, a veces con la ausencia de un espíritu de colaboración, a veces con problemas externos transferidas al equipo, a veces con las malas elecciones de jugadores o la mala elección de su función, a veces con la mala predisposición de tales o cuales, a veces con cuestiones relacionadas con los vínculos y roles en el grupo, a veces con sub o sobre-valoraciones individuales o grupales, etc., etc.
Y otras veces, con la falta de anhelos, interés, incompetencia o desconocimiento de los mismos protagonistas, sean jugadores, entrenadores o dirigentes.

Determinar cuáles son estos problemas, es lo primero que debe hacer un entrenador.
Señalarlos y jamás intentar negociar con ellos, porque ellos jamás estarán dispuestos a negociar con nosotros. ¿O acaso la actitud perezosa que se ha instalado en un jugador a lo largo de toda su vida está dispuesta a negociar con nosotros? ¿Es posible negociar con la falta de compromiso y dedicación, por ejemplo, o con la presión e influencia que frecuentemente ejerce el entorno?
Sería un error fatal para cualquier entrenador intentarlo. Error fatal no sólo para él.
Situación más que ilustrativa para entender por qué tantos equipos y jugadores no alcanzan sus propios objetivos, quedando excluidos de la alegría que el fútbol podría haberles dado. Tan solo por intentar negociar con lo que no se debe.

De ningún modo nuestro enemigo es el equipo rival.
El primer enemigo, al que debemos derrotar primero, ha convivido desde siempre con nosotros inhibiendo la realización de logros personales.
Este es el enemigo al que debemos borrar de nuestra memoria, pues de otro modo, el fracaso se seguirá repitiendo una y otra vez sin oposición alguna.
Empecemos por ponerle nombre y apellido.

Ahora bien, una vez determinada la dificultad, empieza el trabajo. Es cuando el entrenador tendrá que batallar contra las oposiciones. Las oposiciones a todo aquello que ahora él intentará hacer aparecer para beneficio de su equipo: intentará hacer aparecer lo nuevo, lo que le falta a su equipo. Y lo nuevo, como una vez leí, necesita rápidamente encontrar amigos. Lograr que un jugador reconozca y acepte lo mucho o poco que le falta para mejorar su rendimiento, es una tarea realmente apasionante y agotadora al extremo.
No solo que lo reconozca y que lo acepte, sino que además considere el trabajo como la vía absoluta de ese mejoramiento.
Digo que es agotadora cuando niega o rechaza el trabajo como medio de superación, devastando inclusive la razón de ser de cualquier entrenador.
Tan solo por esto, las derrotas y los fracasos son momentos maravillosos y bien oportunos para poner al descubierto esa ilusión. Dicho con otras palabras, la falsedad de tal percepción.
Y digo que solo para ponerla al descubierto, porque de los fracasos se puede aprender o no.

Nunca será posible aprender de una experiencia de fracaso cuando el orgullo personal o la actitud negadora cierran cualquier posibilidad de análisis.
Esto es lo que pasa con quienes nunca llegarán a obtener éxito. Porque el éxito, entre otras cosas, es tan generoso como capaz de admitir tanto el error como el trabajo de corrección: los momentos lógicos de cualquier proceso de crecimiento.

Un jugador inteligente siempre está atento a la posibilidad de su fracaso. O para decirlo de otro modo, a la posibilidad de no alcanzar su propio éxito.
Es lo que lo diferencia del otro que no es inteligente.
Está atento a su propio progreso, a rechazar la idea de saberlo todo (lo que no sucede con los legos quienes invariablemente yerran), y a combatir su propia pereza, uno de los enemigos más poderosos que tiene el éxito.

Un jugador o un equipo que ha trabajado para mejorar ese mayor o menor porcentaje que le faltaba mejorar, irá luego a buscar su premio.
Irá a buscar el premio que le corresponde porque para eso ha trabajado.
Y no tendrá temores ni dudas en tomar el premio que le corresponde.
Se apropiará de él sin pedir permiso ni perder tiempo.

Es oportuno recordar que el fracaso se hace presente cuando menos lo esperamos.
Seguramente porque aún no hemos podido crear una nueva realidad, ofreciéndole a nuestra memoria nuevas y mejores experiencias. Experiencias que hayan podido reemplazar las opciones y recursos de siempre, por éstos nuevos que harán posible el objetivo.

La confianza obtenida por el equipo que ha logrado su objetivo, tiene su origen en la misma escena del esfuerzo.
La confianza no se obtiene únicamente de las necesarias palabras que puede pronunciar un entrenador antes de cada partido. La confianza se construye a sí misma y va quedando inscripta en la memoria, a medida que el esfuerzo se va realizando.
La confianza o la actitud ganadora no se pueden comprar en un shopping. Éstas son la exacta consecuencia de la experiencia realizada, una experiencia claramente orientada a obtener el máximo.
El esfuerzo al que me estoy refiriendo, ninguna relación tiene con una mayor cantidad de horas de entrenamiento. El esfuerzo al que me estoy refiriendo está relacionado con la actitud y la decisión para romper y atravesar las propias limitaciones personales. Es la llave de todo lo que vendrá después.
Y a la inversa, cuando ésta no está entre los recursos que el jugador trae consigo, bien difícil será la tarea de su entrenador para poder construir.

Para alcanzar el éxito, es necesario olvidarse de lo que funciona bien, porque lo que funciona bien fluye por sí mismo.
¿Cuál es el beneficio de quedarnos a contemplar lo que funciona bien?
Lo que un buen entrenador debe mirar es lo que funciona mal, o lo que todavía no funciona bien, porque es lo que le permitirá a sus jugadores seguir progresando hasta alcanzar la perfección deportiva que él busca para su equipo: el máximo de sus posibilidades como equipo.
El equipo que se consagra campeón alcanzó esta perfección luego de resolver sus propias dificultades. Y lo hizo mucho antes de enfrentarse al equipo rival.
El equipo rival viene después. Mucho después.

Entonces, será tarea importantísima la de un entrenador determinar cuáles son las limitaciones de su equipo, mostrarlas claramente, y luego encontrar la respuesta adecuada para cada situación. Para derrotar al fracaso, claro.
Y serán tantas respuestas como jugadores tiene un plantel, como situaciones tiene cada partido, y como partidos tiene un campeonato.

El fracaso como posibilidad también debe enseñarles a los entrenadores que hay que elegir y muy bien a quienes formarán parte de su equipo.
Jamás debería un entrenador aceptar poner en riesgo los intereses de su equipo.
La prioridad la debe tener siempre el equipo. Porque el equipo es su objetivo. Nunca un jugador. Primero porque el fútbol es un deporte de equipo, y segundo porque el equipo representa mucho más que a 11 jugadores: representa a una institución, a un segmento de la sociedad, e incluso a un país.

Todo lo que he citado hasta acá, y todo lo que se podría agregar como problema o dificultad, se puede mejorar.
Se puede mejorar en tanto podamos aceptar lo que nos falta, y en tanto podamos incorporar el trabajo como la herramienta que nos permitirá ser mejores.
Porque ni el más avezado entrenador del mundo puede cambiar la suerte de un equipo cuando este deseo no está. Sin dudas, la peor de las carencias humanas.

Prof. Roberto A. Rodrigo | Director Técnico de Fútbol
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