Fútbol, la consagración del trabajo en equipo

Hay dos situaciones que quiero evocar brevemente, porque en ellas nace y se consolida el valor que le asigno al trabajo en equipo. Al trabajo en equipo en tanto logro de objetivos y en tanto modos de realización.

Siendo niño aún, cuando mi técnica con el balón comenzaba a darme las primeras alegrías, hubo una idea que me impactó definitivamente y que aún hoy conservo como uno de los más valiosos tesoros.
En alguno de los tantos campos de fútbol que he compartido con amigos, un día cualquiera de aquellos de la infancia, nacía en mí y para siempre la idea del juego asociado.
Fue como la aparición de una verdad que allí se presentaba para iluminar aquellas horas.
Había encontrado la exacta compañía con quién ahora podía jugar al fútbol.
Era como haber encontrado a mi otro yo que entendía y profesaba el fútbol tal como yo lo vivía.
El balón iba y volvía con la misma calidad y generosidad con las que ya comulgaba todo mi ser.
El fútbol significaba un juego fantástico tan solo porque lo podíamos compartir.
Cuando el juego asociado ocurría, la amistad y la alegría se ponían de acuerdo para festejar cada uno de los goles hechos en el arco rival. Hechos de este modo, claro.
Era como un lenguaje silencioso que se establecía entre nosotros, un lenguaje de acciones sin palabras. Estábamos de acuerdo sin conocernos.
Aquellos eran momentos verdaderamente a salvo de todo egoísmo.
El fútbol concebido de este modo es tan maravilloso, que hasta es capaz de darnos la posibilidad de establecer un diálogo sin hablar.
Mi intolerancia infantil e incluso juvenil hacia quienes no sentían y jugaban al fútbol de este modo, finalmente se diluyó cuando entendí que el hecho de compartir, es un límite que no muchos pueden atravesar. La vida tiene estas cosas. Siempre existieron y existirán los incapaces para compartir.
Mucho más tarde, el ejercicio de pensar estas cosas no solo me permitió agudizar mi capacidad para diferenciar a unos de otros. También para poder elegir lo más conveniente. Para saber con quién sí y con quién no, con quién es posible y hasta dónde, y con quien imposible. En un campo de juego y también en la vida.

Durante la Copa F.I.F.A. de 1970 disputada en México, el equipo argentino no participó.
Fue eliminado por el buen equipo de Perú.
Con 14 años y tanta tristeza por no poder ver allí a mi propio país, el equipo de Brasil suturó inmediatamente aquella herida.
Por aquellos años, fue sin dudas el mejor equipo que había visto en mi vida.
Desde el punto de vista de su rendimiento, creo que aquello fue una comunión de varias cosas: la técnica al servicio de la inteligencia magistralmente ejecutada en los pies de cada uno de sus jugadores, una capacidad creativa fantástica del medio para adelante, y el esfuerzo compartido para recuperar la pelota, distribuirla y generar las suficientes situaciones de gol sobre el arco rival.
Comunión pura de virtudes, esfuerzo y alegría. Y por si algo faltaba, estaba Pelé.
De este modo Brasil construyó su victoria en cada partido y de este modo consagró no solo su fútbol, sino el fútbol mismo. No solo porque lo puso en el lugar más alto de aquel podio, sino porque lo puso en el lugar más digno. Aquello fue belleza para los ojos y alegría para el corazón.
Una verdadera obra de arte.
Y como sucede con las obras de arte, aquello no necesitó palabras que la expliquen, ni podio que la consagren. La obra habla por sí sola desde el mundo propio que ya ha creado.
Aquello que dejaron allí, es uno de los recuerdos más hermosos que aún hoy permanecen después de tanto tiempo pasado. Fue la unión mejor realizada que pude ver entre la raza humana y el fútbol.
Los equipos de Holanda del '74 como el de Argentina del '86, por momentos me despertaron idéntica alegría que la de aquel equipo de Brasil: más claramente en los pies de Cruyff y en los de Maradona.

Dónde pude encontrar entonces el origen de esta valoración que le asigno al trabajo en grupo, sino en estos dos recuerdos hilvanados por el mismo sentimiento de infinita satisfacción y alegría interior vividos en distintos momentos, primero como jugador y luego como espectador.

Es difícilmente probable que una empresa pueda obtener logros si no ha decidido previamente qué pretende obtener, cuál es su misión, cuáles serán los plazos de tiempo establecidos para la obtención del logro principal, y cuáles los plazos para la obtención de logros parciales. Luego, cuál será su plan de trabajo, cuáles serán sus principios, ideas, estrategias y procedimientos a emplear, cuál será el rol específico de cada uno de sus miembros, cuáles son sus recursos disponibles, cuáles serán sus modos de organización, vías de comunicación y características de sus vínculos, cuáles sus planes alternativos, etc.

Lo mismo sucede con las instituciones de fútbol y sus equipos.
La obtención de un campeonato es, sin dudas, el objetivo más soñado por todos los equipos.
Ahora bien, son muchos los aspectos que confluyen e interactúan entre sí a lo largo y ancho del trabajo y del tiempo destinados al alcance de un objetivo.
Estos aspectos, tan solo porque intervienen y deciden con exacta precisión el logro o no logro de nuestros objetivos, bien vale la pena mostrarlos y tenerlos siempre a la vista.
Presentaré solo algunos, los que me parecen más importantes, pero a los efectos de probar que nuestro éxito o fracaso no depende de la buena o mala suerte que podamos tener, sino más bien de nuestra propia intervención.
Justamente, todo lo que esté por afuera de nuestra intervención se perderá en lo ajeno.
¿Quién mejor que nosotros para decidir cuál es nuestro camino? ¿Quién mejor que nosotros para decidir cuáles son las ideas y los procedimientos que mejor pueden defender nuestros objetivos, cuál será la estrategia de nuestro trabajo, y cuáles podrían ser las situaciones de mayor oposición a nuestros objetivos?
En última instancia, nuestro éxito o fracaso en ningún caso es la consecuencia del destino, sino más exactamente de lo que hemos hecho bien o mal, y muy frecuentemente de lo que todavía no hemos hecho.
Deberíamos preguntarnos si alguna vez hemos deseado algo bueno para nosotros, y qué hemos hecho para realizar este deseo. Porque aunque parezca una contradicción, es bien probable que ni siquiera hayamos sido capaces de respetar lo que es bueno para nosotros.

La consagración deportiva de un equipo de fútbol concebida como el resultado de un trabajo de equipo es, en mi opinión, la idea más lograda.
Es la idea más lograda porque la búsqueda de objetivos, tanto como la totalidad de procedimientos y acciones implicados en esta búsqueda, no descansan en las virtudes y el esfuerzo de sus individualidades, lo cuál sería altamente riesgoso, sino más bien en la simultaneidad de acciones y complementariedad de roles ejercidos por todas esas individualidades.
Como se puede ver, el producto final ya no será el resultado del funcionamiento de simples individualidades.
En este sentido, la búsqueda de logros originada en el trabajo de equipo, muy difícilmente podría verse afectada por las permanentes oscilaciones del rendimiento individual, o por los frecuentes cambios en la composición del grupo.
El trabajo estructurado de este modo permite siempre que sus integrantes puedan ser sustituidos sin afectar su funcionamiento. Ocurre también con la aparición de rendimientos individuales por debajo del nivel deseado: la inestabilidad individual puede ser absorbida sin ninguna dificultad por la tarea reparadora y compensadora del equipo.

A la inversa, cuando la búsqueda de objetivos queda subsumida a las posibilidades de alguno de sus integrantes, el día que ese integrante no pueda ofrecer su mejor forma o ya no pertenezca al equipo, lo cuál es bien frecuente e incluso aceptable, lo que se pone en riesgo es la razón de ser de ese equipo, nada menos que sus objetivos, lo cual sería una situación inadmisible desde todo punto de vista.
Ninguna situación individual debería inhibir la capacidad de producción de todo un grupo.
Ni su producción, ni su proyecto, ni sus objetivos.
Lo mismo sucede con las diferentes sociedades y sus proyectos.
Están aquellas que han decidido su propio modelo de sociedad desde hace mucho.
Cambiará el nombre de sus representantes, e incluso la filiación política de ellos, pero nunca su modelo de sociedad.
Luego están las otras, cuyos modelos cambian con el cambio de sus representantes.
Por supuesto que éstas son sociedades sin objetivos ni rumbos fijos, ni identidad propia como sociedad.
Finalmente, están las que ni siquiera tienen un proyecto, aunque parezca que lo tienen.

El equipo que se apoya exclusivamente en alguna de sus individualidades, aunque éstas sean las más virtuosas, jamás podrían obrar con la misma eficacia ni sostener su esfuerzo en el tiempo como lo puede hacer todo un equipo.
Porque la mayor eficacia se logra con la suma del esfuerzo y las virtudes de todos sus integrantes, en tanto que la prolongación del esfuerzo se obtiene mediante la división del trabajo en roles o funciones. De este modo, aparece la especialización de tareas y la distribución del esfuerzo, posibilitando una permanente alternancia entre el esfuerzo y el descanso.

La fortaleza del trabajo en grupo descansa en la interacción dada entre el esfuerzo, las virtudes y la permanente comunicación entre todos sus miembros.
No hay ningún argumento que pueda demostrar que el trabajo en equipo diluye, debilita o le pone un techo a las virtudes individuales. Por el contrario, éstas se potencian con la confianza, el estímulo y el soporte que recibe de su grupo.
Un equipo limitado en sus capacidades técnicas pero inteligente en el planteo estratégico, con fuertes lazos de solidaridad y confianza entre sí, puede obtener excelentes resultados frente a un equipo de grandes estrellas pero internamente dividido como grupo, o frente al otro que, por su estilo de juego, solo es capaz de oponer la solitaria voluntad de sus individualidades.

La consagración deportiva de un equipo de fútbol es, por otra parte, la exitosa consecuencia de un trabajo realizado no solo en el campo de juego.
También es consecuencia de acertadas decisiones institucionales adoptadas previamente.
Como se verá, el éxito del trabajo en equipo no se realiza sino bajo determinadas condiciones.
Para ilustrar este aspecto, empecemos por imaginar cuál podría ser la calidad de los vínculos que empiezan a circular en una institución, a partir de la honestidad y responsabilidad de la palabra de sus dirigentes.
Cuando esa palabra es sinónimo de una promesa cumplida en tiempo y forma, esa institución ha obtenido desde mi punto de vista, el primero y más importante de sus logros: la confiabilidad.
Y cuando esta confiabilidad se logra, las puertas se abren para muchas otras cosas.
Es la principal batalla ganada contra el primer enemigo de los tantos que pueden afectar el desarrollo de un trabajo en equipo afuera de un campo de juego. Digo enemigo y no adversario, porque adentro de un campo de juego solo podremos encontrar adversarios, y muy frecuentemente amigos.
Un dirigente, un entrenador o un jugador, pueden disponer de mayores o menores recursos para integrar una estructura de equipo que busca obtener logros.
En el peor de los casos habrá carencias, y luego se evaluará cómo sustituir esas carencias.
Lo difícil es querer construir cuando la buena fe no está de nuestro lado.

La confiabilidad es si dudas el logro inicial más importante porque, además de fundar los principios éticos de una institución, define su propia verdad y su propio ámbito, inaugurando un clima plenamente reconfortante y favorable para el trabajo en equipo.
De acá en adelante, toda acción destinada al desarrollo como institución únicamente podrá estar guiada por el significado de esta verdad. Seremos ganadores o perdedores, pero bajo una misma bandera.
Una vez que estos principios comienzan a desplegarse, muy en evidencia quedarían quienes no pudiesen estar a la altura de ellos.

¿Cuál es otro de los aspectos que favorecen el éxito del trabajo en equipo?
En el plano institucional, todos los referidos a la idoneidad y capacidad de gestión de sus dirigentes transferidos al desarrollo de políticas y acciones que beneficien los intereses del club. Desarrollo de políticas y acciones que protejan la vida, la salud y el crecimiento de la institución.
Así como la eficiente tarea de los dirigentes de un club de fútbol no queda demostrada únicamente por el resultado deportivo de su equipo, la eficiente tarea realizada por el equipo que se ha consagrado campeón no demuestra únicamente haber vencido a otros equipos.
Lo que primero ha demostrado es haber vencido las propias limitaciones, dando lugar a la optimización de sus recursos para ponerlos a disposición del éxito grupal.
Cuando un equipo obtiene un campeonato, creo que el objetivo logrado por sus dirigentes, entrenadores y jugadores, el primero que deberían reconocer y celebrar, es el éxito del funcionamiento de esa estructura que posibilitó la realización exitosa del trabajo en equipo.
Estructura hecha con pasión, ideas, convicción y esfuerzos máximos.

En el plano relacionado específicamente con la performance del equipo, debemos saber que el camino por transitar no admite muchos errores de nuestra parte.
Más bien reclama sus propias condiciones y nada nos asegura. Condiciones que no siempre están presentes ni a nuestra disposición cuando decidimos iniciar un trabajo de estas características.
¿Cuáles son las condiciones que reclama el éxito de un trabajo, mucho antes iniciar la tarea específica?
Pues bien, la mayor cantidad y calidad de elementos a disposición de esta idea.
Cambiaría muchas horas de sueño por estar frente a un grupo de jugadores que esté dispuesto a superar sus propios límites individuales, esto es, a superar tanto las dificultades propias del trabajo como las barreras heredadas de su historia personal y medio social, inhibiciones y prejuicios, un grupo de jugadores que claramente deseen superarse como deportistas, que puedan reconocer cuáles son sus carencias para poder trabajar sobre ellas, que puedan ejercer una influencia unificadora en sus compañeros y aceptar ser parte común de un grupo. Nada más que esto.
Sería muy difícil trabajar con quienes no tengan la capacidad para enamorarse de una idea y poder amarla con pasión.
Para que una relación amorosa funcione con éxito, la pasión no puede faltar a la cita amorosa.
Ya sabemos qué sucede cuando esta pasión no está.
El amor que se profesa un matrimonio es empujado todo el tiempo por esa pasión.
También así es el fútbol, por más que estemos hablando de ideas.

La realización de una idea tiene sus propias dificultades.
Si bien el fútbol es un deporte de equipo, no siempre las ideas referidas al trabajo grupal se ven reflejadas en el funcionamiento de un equipo.
Un equipo que sale al campo de juego no es un equipo hasta tanto lo pueda demostrar.
Supongamos ahora que hemos encontrado la idea que nos representa y decidimos consagrarla.
Pues bien, ningún lugar de relevancia deberían tener las dificultades de un comienzo no del todo exitoso.
La energía y esfuerzos disponibles deben estar concentrados en fortalecer y hacer crecer esta idea con los mismos cuidados y paciencia que requiere un hijo recién nacido.
Sepamos que estamos construyendo una identidad propia que nos representará como grupo y como equipo.
Sucede con el desarrollo de cualquier idea o proyecto. Siempre tiene sus enemigos. Enemigos propios y ajenos, confesos y no confesos, visibles e invisibles, concientes e inconcientes, deliberados y no deliberados. Enemigos al fin.
Frente a resultados deportivos adversos, al rápido impacto en la confianza de jugadores y dirigentes, a las indecisiones y dificultades personales propias de algunos de ellos, y a la suma de las presiones externas, es difícil no desfallecer ante esas demandas que ningún bien nos hace.

Recordaré una y mil veces que ninguna obra de trascendencia universal se ha realizado de un día para el otro. Ni de un día para el otro, ni con todos los que la han empezado.
La construcción de una obra nada tiene que ver con la urgencia de quienes la hacen, por más fieles que sean, ni con la totalidad de ellos.
Y tanto esto es así, como posible que su creador y realizadores jamás la vean terminada.
Una respuesta al altísimo costo que se paga por esta irracional necesidad por obtener la gloria para el día de ayer, tal vez la podría dar la siguiente reflexión: ¿a cuántos equipos hemos visto alcanzar esa gloria a lo largo de nuestra vida, y cuántos de ellos la alcanzaron para el día de ayer?

Aquel equipo de Brasil me ha confirmado que hay anhelos realizables.
Lo ha demostrado en su máxima realización, es cierto.
Bien, no es necesario reunir todas las virtudes de aquel equipo para consagrar lo maravilloso de un trabajo.
¿Dónde se nos presenta lo maravilloso? En su originalidad, por más imperfecta que haya sido.
El equipo hizo algo que nunca antes había podido hacer, nunca antes había ocurrido y ahora ocurrió.
Pues bien, esto es lo maravilloso. Ese equipo ha traído al mundo y para sí, algo que antes no estaba, aún cuando no haya sido un campeonato.
Cuando ese campeonato llega, todo lo que antes era invisible ahora se hace presente en su totalidad.
Tantas cosas parecieran reunirse en esta escena final. Tantas cosas han quedado atrás.
Y tantas otras cosas nuevas aparecerán.

Traer lo nuevo al mundo requiere el esfuerzo y la dedicación de toda una vida. No creo que menos.
Pero debemos saber que para hacer este camino, hay cosas que decididamente debemos perder para siempre, así como habrá otras que solas se perderán.
Nuestro camino no admite cualquier cosa, porque cualquier cosa no siempre es buena ni para nuestro camino ni para nosotros.

Prof. Roberto A. Rodrigo | Director Técnico de Fútbol
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