Jugar al fútbol, antes que muchas otras cosas

Jugar al fútbol es lo primero.
Es una afirmación de las más fuertes que puedo hacer.
Es lo primero y lo que siempre he preferido hacer frente a cualquier otra versión comercial del fútbol creada para el consumo.
No me estoy refiriendo a la elección del fútbol como única opción deportiva.
Tampoco a que el fútbol está antes, primero o por encima de las cosas primordiales que tiene la vida. Seguramente muchas cosas hay antes que el fútbol.

Cuando digo que jugar al fútbol es lo primero, estoy pensando en el valor que tiene en sí mismo la práctica activa de este deporte, nada más y nada menos que esto, y en el valor supremo que le otorgo a esa escena compuesta exclusivamente por quienes juegan. Ninguna relevancia tiene si lo hacen bien o mal. Estar allí, participando activamente, es una escena que siempre voy a privilegiar.

Para ilustrar esto, se me ocurre un ejemplo comparativo muy simple: la situación de quien juega con respecto a la de quien mira desde afuera como espectador. Por lo pronto, en este ejemplo, hay alguien que participa activamente del juego, y alguien que solo se limita a mirar pasivamente lo que hacen otros.

La práctica del fútbol implica, para quien la ejerce, formar parte de una escena en la que está incluido.
Y no está incluido de cualquier modo. Está incluido de un modo altamente singular: justamente, como protagonista.
Es protagonista porque él mismo hace esa escena, forma parte de la escena, y al mismo tiempo juega en esa escena.
Él mismo la construye en tanto participa, y se la otorga a sí mismo para su propia satisfacción.
Participar en esa escena o en ese mundo que él se ha creado para si, también implica hacer su propia historia.
Hacer su propia historia del modo que sea posible hacerla. A veces jugando con zapatillas último modelo y a veces descalzo. A veces jugando bien y otras regular. Qué más da.
Finalmente, quien ha sido protagonista de esta escena, la escena del juego, también podrá contar su historia.
No solo podrá contar lo vivido en tanto protagonista, sino también acerca de lo que ha hecho como protagonista.

La historia del que solo mira en cambio, para seguir con este ejemplo del espectador, solo podrá hacer referencia a lo que han vivido y hecho otros. Precisamente porque él no se ha podido incluir en esa escena.
Creo que los verdaderos actores de este juego, de este juego o del que se trate, son los que lo hacen.
Y para poder hacerlo hay que practicarlo. ¿Qué otra cosa podría ser el fútbol sino la acción misma de jugarlo?

Sucede con muchas cosas en esta vida. Están los que producen y están los que consumen.
Me opondré todas las veces que sea posible al hecho de aceptar la actitud indiferente e incluso complaciente de quienes dilapidan compulsivamente el esfuerzo y tiempo de sus vidas a manos del consumo.
Cuántas horas preciosas terminan volatilizándose ante la permanente oferta y voracidad de ese mercado que todo el tiempo nos dice cómo y en qué gastar nuestra vida. Pues bien, creo que lo maravilloso de este deporte está en otra parte: en la acción misma de jugar.

Cuando digo que jugar al fútbol es lo primero, también me estoy refiriendo al valor que tiene el fútbol como juego, el aspecto lúdico y recreativo que nos ofrece, y que muy placenteramente lo pueden disfrutar quienes lo juegan; y al valor y peso propio de sus reglas, en tanto colaboran modelando y generando desde muy temprana edad, el comportamiento y los vínculos sociales.

Cuando digo que jugar es lo primero, también y muy especialmente me estoy refiriendo al inmenso valor que tiene el fútbol, en tanto nos da la posibilidad de poner en práctica uno de los aspectos que considero más maravillosos de cada ser humano: la totalidad de su capacidad creativa expresándose con su máxima fuerza y pureza, a través de las virtudes y rasgos singulares de su personalidad.
Bien, todo esto sucede cuando uno juega.

Quienes juegan al fútbol tanto como a cualquier otro deporte, tienen el privilegio de ser los verdaderos protagonistas de un mundo hecho por uno mismo, un mundo único del cual uno forma parte y en el cual se vive y se respira todo lo que uno es capaz de expresar por simple diversión.
En ese mundo, uno está protegido contra todo. O contra casi todo.
Jugando al fútbol, el mundo exterior se detiene y nace otro tiempo: cesan los devastadores efectos producidos por las inequidades e injusticias de la vida cotidiana, la incomprensión, el hambre y las diferencias sociales de todo tipo.
En ese mundo artificial pero bien consistente creado por el juego, uno detenta la más absoluta inmunidad con respecto a las imperfecciones de una sociedad que no hemos hecho pero heredamos. Quedan abolidos también la falta de cariño y afecto de todos aquellos padres que no han podido dedicarse a sus hijos como es de esperar. O como lo espera cualquier niño, aunque nunca lo diga.
Allí, en ese mundo propio, uno queda eximido de toda clase de deberes y responsabilidades que impone la existencia.
Jugar es, simplemente, encontrarse con el puro placer de jugar.
La adversidad siempre ha rondado el mundo que conozco, pero nunca tuvo lugar en esta escena colmada de tanto placer.
Cuánta alegría y protagonismo hecho a nuestro modo hubo en cada momento de los tantos que tuve jugando al fútbol con amigos.
Cuánta alegría y protagonismo se iniciaba cuando la pelota llegaba a mi pie. No hay nada que pueda pagar esos momentos.

Por supuesto que jugar al fútbol no resuelve ninguna de estas cuestiones. Está claro.
El filósofo Jean Paul Sartre dijo que el ser humano es lo que hace, con lo que han hecho de él.
La definición es acertada en tanto la vida siempre nos esta ofreciendo la posibilidad de un hacer. Y en este sentido creo que efectivamente el fútbol puede colaborar. En el interior y en la intimidad de ese tiempo creado por el mismo juego, está la posibilidad de entrever una vida nueva. Claro, seguramente mejor.

Cuando era niño jugué al fútbol y aún hoy sigo jugando.
Entre las mejores cosas vividas en mi infancia, puedo recordar la inmensa alegría que sentía cuando descubría que alguien jugaba bien. Era como si aquel mundo reducido a una pequeña cancha de fútbol se iluminaba porque alguien, otro niño, lo estaba embelleciendo y dignificando con las mejores cosas que era capaz de hacer.
Eran las formas más refinadas de la estética las que por aquel entonces ya me conmovían.
Cuando algo está bien hecho, la vida, al menos para mí, adquiere un sentido de plenitud con nada comparable.
Es una obsesión que aún conservo, se hable de lo que se hable. La calidad de un trabajo tendrá por resultado la calidad de un producto.

De aquellas horas de fútbol nació entonces mi sensibilidad por la estética, y también por cuestiones relacionadas con el valor que siempre tuvo el propio esfuerzo personal, la idea del trabajo grupal, idea que siempre me pareció majestuosa, y el sentimiento responsable y respetuoso por el cuidado y el bien del otro, ese otro que en mi niñez fue mi rival de turno.

En esta actualidad del mundo tan saturado de ofertas no siempre saludables ni recomendables, creo que muy bienvenidas serán todas aquellas acciones que estén destinadas a estimular la práctica de este deporte conjuntamente con la formación de conceptos para una vida mejor, conceptos que permitan diferenciar claramente lo bueno de lo malo.

En lo personal, la belleza que tiene este deporte la pude encontrar, antes que en otras cosas, en el mismo hecho de jugar.

Prof. Roberto A. Rodrigo | Director Técnico de Fútbol
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